En Hechos de los apóstoles, capítulo 4 versículo 20, está la afirmación de quien es verdadero testigo. Testigo es uno que vio y creyó. Ellos tuvieron el privilegio de ver a Jesús con sus propios ojos, pero también están los que lo vieron con sus ojos espirituales, los que hoy podemos adquirir gratuitamente. Sí, es gratis, porque de puro regalo nomás puede llegar a tu vida por medio del Espíritu Santo. Ésta preciosa persona se encarga de darte ojos para ver a Jesús vivo, ojos para ver más allá de las apariencias. Jesús en persona, antes de irse, prometió a sus discípulos y en ellos a todos nosotros, que vendrá el Espíritu y se ocupará particularmente de dar testimonio (es el primer testigo) dentro nuestro de Jesús y de quién es Él. Cuando lo prometió estaba a la mesa en la última cena con sus amigos, y vaya lugar. Cuando estás en la mesa, lo estás por lo general con la gente que amas y es tu plena confianza. Uno no come con cualquiera, más tratándose de la última vez. Esto de último le dio especial solemnidad y definición a cada tema que allí se tocó. Uno de ellos fue el del Espíritu Santo, así que el marco en el cual es mencionado es solemne, de absoluta confianza y certeza, de amor y calidez por quienes ama. En esa atmósfera, Jesús prometió darse a conocer por medio de la bella persona del Espíritu. Puedo imaginarme mientras Jesús hablaba, al Santo Espíritu contemplándolos y aguardando con amor el momento en que empezaría su noble tarea. Es más, tal vez estaba pensando ya en todos aquellos que fueran a creer por el testimonio de los discípulos hasta el fin de los tiempos. No ver las horas de empezar a hablar en el corazón acerca de Jesús, de presentar a Jesús, de ver actuar a Jesús por medio de Él, más y más.
Bueno, hago una pausa hasta la próxima, porque esto se está poniendo bien bueno.
Dios los bendiga,
Daniel Montes
viernes, 16 de abril de 2010
Suscribirse a:
Entradas (Atom)
